julio 07, 2009

Séptimo Tema: EL EVANGELIO DE JUAN

Aspectos preliminares del Corpus Joánico

Este es el grupo de textos más compacto del Nuevo Testamento, ya que sólo incluye cuatro libros: el Evangelio de Juan, y las tres epístolas del —supuestamente— mismo autor. Tradicionalmente, se incluye también al Apocalipsis, pero este último texto es, en realidad, parte de la apocalíptica y, aunque tiene vínculos con el corpus joánico que ya revisaremos, debe estudiarse por separado.
Las tres epístolas de Juan no son, en los aspectos esenciales, muy complicadas. Más allá de las controversias sobre el autor, sus temas son bastante claros, y es evidente que su trasfondo es un profundo misticismo judío helenista, muy en la línea del judaísmo alejandrino (culto y elegante, sin duda), y del todo emparentado con el Evangelio.
En cambio, este último nos ofrece varios problemas de muy difícil, si no es que imposible, solución. El primero es tan simple como decir que no sabemos realmente de donde surgió ese texto.

El Evangelio de Juan

Probablemente ningún otro texto del Nuevo Testamento nos ofrezca tantas complicaciones para entender su contexto original como el Evangelio de Juan. Se ha señalado —acertadamente— su evidente perfil helenístico. Pero también se ha señalado— igualmente con acierto— sus notables semejanzas con varios aspectos recuperados de la literatura Esenia-Qumranita.
¿Cómo puede un texto contener elementos helenísticos y Esenios al mismo tiempo, si la postura qumranita fue tradicionalista a ultranza y, por lo mismo, enemiga de la helenización?
Pero eso no es todo: en este mismo libro están ya planteados una serie de conceptos definitivamente relacionados con el gnosticismo, tendencia vinculable con el helenismo, pero no con la ideología Esenia-Qumranita, y señalada como herejía por la iglesia cristiana primitiva. Ciertamente, sería una exageración decir que el Evangelio de Juan es gnóstico, e incluso un error, porque las epístolas de Juan son claramente anti-gnósticas, y no se puede negar el profundo vínculo de estas últimas con el evangelio. Sin embargo, si el gnosticismo ha hecho de Juan su evangelio favorito no ha sido gratuitamente. En realidad, muchos detalles del texto se acercan sorprendentemente a la llamada “gnosis”.
Por el otro lado, pese a que este libro parece estar más ubicado en una etapa tardía (gnosticismo, misticismo helenístico), acaso a principios del siglo II, resulta que es el que mejor parece estar enterado de muchos aspectos litúrgicos y legales del judaísmo del siglo I, lo que evidencia una redacción original bastante arcaica.
¿Qué tenemos, entonces? ¿Un texto helenístico o Esenio? ¿Arcaico o tardío? ¿Cristiano “normal” o gnóstico? ¿O todo al mismo tiempo?
Baste mencionar esta contradicción inicial (llamarle sólo paradoja sería demasiado amable) para darnos cuenta de la problemática que nos propone el estudio de este texto. Y baste también para saber, de inicio, que sería absurdo suponer que el texto fue escrito por una sola persona en un solo momento.
Hay algo importante que señalar antes de abordar la forma y contenido de este libro: en tanto evangelio, es abiertamente opuesto a los Sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) en un detalle trascendental: la duración del ministerio de Jesús. Según los Sinópticos, su duración no abarco siquiera un año. Según Juan, abarcó tres.
Este simple detalle, de entrada, nos pone frente a la posibilidad de que el de Juan sea el evangelio de menos rigor histórico, idea que se refuerza por la complejidad teológica que se expone a lo largo de todo el libro, bastante más abstracta (aunque no necesariamente más compleja) que la que hallamos en Mateo, Marcos y Lucas. Estos tres textos hablan, a fin de cuentas, de las ideas teológicas que se desarrollaron en relación a un ser humano de carne y hueso. En cambio, en Juan todo parece ser al revés: se habla de la dimensión de carne y hueso que adquirieron muchas ideas abstractas (la más importante, sin duda, la del Logos) cuya teología ya era bien conocida en los círculos judíos de Alejandría.
Podemos dividir el texto de Juan en dos secciones principales más un epílogo. La primera sección (capítulos 1-12) nos cuentas el ministerio de Jesús, así como una serie de señales que acaso son la única pista para acercarnos a una vaga reconstrucción de la condición original del texto. La segunda sección (capítulos 13-20) acontece desde la Última Cena hasta la resurrección, y son una serie de discursos de Jesús respecto a la naturaleza de su muerte (completamente ausentes en los Sinópticos), seguidos por el relato de la Pasión. Finalmente, el último capítulo (21) es un epílogo.
Para poder abordar al evangelio de Juan, habrá que tomar en cuenta dos aspectos fundamentales:
1. El texto es helenístico. De esto no puede quedar duda gracias a la sorprendente construcción del capítulo 1: “En el principio era el Logos, y el Logos era con D-os, y el Logos era D-os… Y el Logos se hizo carne y habitó entre nosotros”. Esta sección no tiene nada de Esenia-Qumranita, sino que es radicalmente helenista. El mismo parámetro para empezar a interpretar a Jesús, el Logos, proviene de la tradición que popularizaron los judíos de Alejandría, no los de Qumrán.
2. La temática está basada en aspectos propios de la literatura Esenia-Qumranita, y destacan la importancia de las tensiones dualistas, especialmente la de la luz contra las tinieblas, cuya dimensión es eminentemente espiritual.
Estos dos puntos nos pueden dar una pista de la relación que hay entre Helenismo e ideología Esenia-Qumranita en el evangelio de Juan. Y aquí vale la pena hacer una aclaración: debe tenerse bien claro el perfil de la literatura Esenia. Un frecuente error cometido por académicos cristianos es suponer que los Esenios-Qumranitas mantenían ideas afines al Evangelio de Juan, basándose en las similitudes que pueden llegar a encontrarse entre ambos universos literarios.
En realidad, a la luz de los textos recuperados en el Mar Muerto, más la evidencia de que el trasfondo de los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas es apocalíptico —y, por lo tanto, profundamente relacionados con Qumrán— nos muestran que el Evangelio de Juan es un asunto aparte. Sin duda, la literatura qumranita nos sirve para aclarar muchas cosas del Evangelio de Juan, pero es un hecho que este último no puede ser determinante para entender el perfil de la literatura Esenia. No hay nada en Qumrán que, literariamente hablando, sea similar al Evangelio de Juan, especialmente en dos aspectos íntimamente vinculados: el manejo del concepto del Logos, y la naturaleza intrínseca del Mesías. Para Qumrán, el asunto mesiánico no tiene vuelta de hoja: el Mesías debe traer la redención en el sentido material e histórico, si bien en ello se refleja la dimensión espiritual. Pero esto implica, inevitablemente, la liberación de Judea del yugo romano, en el aquí y el ahora. Para Juan, por contraparte, el asunto es netamente espiritual, y la redención escatológica queda proyectada hacia una temporalidad indefinida. La “salvación” que ocurre en el aquí y el ahora es espiritual, abstracta, no nacional ni política.
¿Se trata, entonces, de un texto que ofrece una interpretación Helenista de los temas que obsesionaban a los Esenios? Muy probablemente. A sabiendas de que el Evangelio Original —el texto Esenio donde se registró los hechos y dichos de uno de sus más controvertidos líderes— se empezó a conocer después de la debacle de los Esenios en el año 73, es muy probable que el Evangelio de Juan haya sido escrito (en una versión inicial más sencilla, no en la que conocemos actualmente) para ofrecer otra interpretación de los hechos, proveniente también de un ambiente de profundo misticismo, pero ubicado políticamente en el otro extremo: el Helenista.
Esto no descarta la posibilidad de que los místicos del judaísmo helenista ya se hubieran interesado en los temas que preferían los Esenios. Incluso, cabe la posibilidad de que dichos temas no fueran exclusiva preocupación Esenia, y hasta el caso de que desde antes de la época de la guerra contra Roma, justo durante el auge del movimiento Esenio, se dieran controversias entre místicos helenistas y místicos nacionalistas (Esenios-Qumranitas).
El único aspecto que habría sido nuevo para los helenistas habría sido la persona de Jesús de Nazareth, en quien vieron la encarnación de algo de lo que ellos ya hablaban desde hacía bastante tiempo, pero en términos más abstractos: el Logos-Mesías.
Después del año 73, sin la presencia del movimiento Esenio como fuente de una contraparte ideológica, los místicos del judaísmo helenista explayaron una nueva perspectiva sobre Jesús, surgida del contacto con un texto cuyas reglas de interpretación, seguramente, desconocían (el hecho de que pudiese haber controversias entre Esenios y Helenistas no implica, de ningún modo, que los Helenistas tuvieran idea del modo en que los Esenios codificaban sus libros). Incapacitados para entender detalles propios del estilo Esenio, llevaron la lectura de este texto (el Evangelio Original) a otra dimensión.
Pongamos un ejemplo concreto: el Diablo. Para los místicos helenistas, debió ser fácil suponer que con ello se hacía mención a las potencias espirituales malvadas contra las que la Luz mantiene una lucha permanente. Difícilmente se hubieran podido dar cuenta de que, más bien, el “diablo” era sólo un modo de referirse a una persona concreta, muy probablemente el Sumo Sacerdote Caifás. Menos aún, que el Diablo, Caifás y el Apóstol Pedro eran el mismo personaje.
Estamos hablando, entonces, de la posibilidad de que los místicos helenistas posteriores al año 73 se hayan topado con un texto enigmático y fascinante, que narraba la “prodigiosa” vida de un príncipe de la casa de David que se habían enfrentado de modo directo con las Tinieblas, a las que había derrotado en múltiples exorcismos, al tiempo que hacía todo tipo de señales y prodigios, mismos que incluyeron su propia muerte y resurrección.
Factiblemente, la encarnación del Logos.
Probablemente, esto los motivó a reflexionar sobre este personaje, y pronto produjeron su propia versión de los hechos: el Evangelio de los Siete Signos, un texto en donde se recopilaron siete señales atribuidas a Jesús, sin que podamos saber si dichos relatos también fueron recuperados de literatura qumranita o no.
¿Qué es este “Evangelio de los Siete Signos”? Es, según muchos académicos, el texto sobre el cual después se elaboró lo que hoy conocemos como Evangelio de Juan, y debió consistir en las siete señales marcadas en el propio Evangelio: la conversión del agua en vino en las Bodas de Caná (Juan 2.1-12), la curación del hijo de un funcionario (4.46-54), la curación de un enfermo en el estanque de Betesda (5.1-18), la multiplicación de los panes (6.1-15), la travesía del Mar de Tiberíades (6.16-21), la curación de un ciego de nacimiento (capítulo 9), y la resurrección de Lázaro (11.1-44).
Con este texto habría pasado algo muy similar al proceso de desarrollo del Evangelio Original para convertirse en Mateo, Marcos y Lucas, y por cierto, prácticamente al mismo tiempo (finales del siglo I y principios del II). Naturalmente, lo que tenemos en Juan 1-12 es una versión mucho más elaborada que el original Evangelio de los Signos.
Hay una diferencia notable entre el Evangelio de Juan y los Sinópticos: pese a que los cuatro bien pueden ser el punto final en la evolución de dos textos originales (el Evangelio Original y el Evangelio de los Signos), de un texto se derivaron tres y del otro sólo uno. ¿A qué se debió esto? En primer lugar, a que los Evangelios Sinópticos surgieron en ambientes populares; como ya hemos mencionado, son las recensiones surgidas de un proceso inicialmente caótico, que fue puesto en “orden” durante la primera mitad del siglo II. En cambio, en Juan encontramos la huella de un trabajo más organizado, y llevado a cabo por gente de mucho mayor nivel cultural, probablemente vinculados —por lo menos en lo ideológico— con el judaísmo de Alejandría. Y por eso el resultado: por un lado, tres textos que evidencian su origen común, pero que también acusan diferencias notables; por el otro, un solo texto con un elegante estilo griego, así como una complejidad teológica que a todas luces evidencia su cuna culta.
Hay algo más: quienes trabajaron sobre el Evangelio Original tuvieron en sus manos un documento qumranita, mismo que no entendían. En cambio, quienes trabajaron con el Evangelio de los Siete Signos trabajaron con un documento producido por ellos mismo, aunque probablemente basado en tradiciones qumranitas. De todos modos, en el caso de Mateo, Marcos y Lucas es evidente que el proceso fue caótico en un inicio, mientras que en Juan se hace notar un orden bien organizado.

Regresemos a un punto esencial del Evangelio de Juan: el asunto de la dualidad Luz-Tinieblas. Se ha recalcado mucho la similitud de este asunto con la literatura qumranita. Sin embargo, es evidente que el enfoque no es el mismo, ya que para los qumranitas esta dualidad se iba a verificar en un combate físico y concreto, mismo que se encarnó en el levantamiento armado contra Roma. Esta aplicación del conflicto espiritual no aparece de ningún modo en el Evangelio de Juan. Allí todo el asunto pertenece a una dimensión abstracta, a la que incluso podríamos ponerle términos platónicos sin entrar en conflicto con el Evangelio: el mundo de las ideas.
Debemos, en consecuencia, cuidarnos de no exagerar la similitud con Qumrán. Efectivamente, hay una semejanza temática, pero el enfoque no es el mismo. El Evangelio de Juan puede ser cualquier cosa, menos un documento Esenio.
¿De qué se trata, entonces? Probablemente, de la relectura que la otra tendencia mística del judaísmo antiguo hizo de los temas favoritos de los Esenios.
Los misticismos siempre se alcanzan. Es muy probable que los místicos helenistas no estuvieran del todo en desacuerdo con los místicos de Qumrán, y que el Evangelio de los Siete Signos haya sido un primer intento por reinterpretar los temas que los Esenios siempre consideraron relevantes, como un intento de plantear una alternativa a los errores de los místicos qumranitas. Vale la pena decir que dichos errores eran del todo evidentes, tomando en cuenta que estamos considerando que el Evangelio de los Siete Signos se escribió después de la ruina de Jerusalén y del levantamiento armado judío.
Pero la reinterpretación llegó más lejos, ya que abarcó la vida y obra de un personaje enigmático y complejo: Jesús de Nazareth.
Y aquí es donde tenemos que abarcar otro tema que ha sido frecuente punto de partida para controversias intensas entre los académicos: el gnosticismo.

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